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78. Relacionarnos con nuestro cuerpo desde adentro

N°78 | 1/10/2012

Relacionarnos con nuestro cuerpo desde adentro


"Para mí es impresionante el hecho de que podemos estar completamente preocupados por la apariencia de nuestro propio cuerpo al mismo tiempo que estamos completamente desconectados de él". -- Jon Kabat-Zinn


"Tu historia está aquí, dentro de tu cuerpo". --Martha Elliot. 

Reflexión


Estamos en un mundo en el cual las apariencias tienen un valor tan importante que cobran un sólido sentido de realidad que a veces va más allá de lo razonable. Es probable que sintamos que independientemente de nuestra experiencia interna, la única fuente de afecto y aceptación, el único lugar desde el que somos algo para alguien, es desde la apariencia externa. Esta apariencia externa abarca un amplio rango de posibilidades, desde cómo se ve nuestro cuerpo, hasta qué decimos, qué hacemos, cómo vivimos. Cuando estamos sometidos a una gran exigencia por vernos y comportarnos de una manera y no de otra, llegamos inconscientemente a la conclusión de que no hace falta prestarle demasiada atención a nuestra experiencia interna en la medida en que estemos esforzándonos por cumplir con los estándares de nuestra apariencia externa (sobre todo porque muchas veces aquello que está ocurriendo internamente puede ser totalmente reprochable o vergonzoso desde el punto de vista del deber ser). 


Cuando esto se transforma en un hábito y comenzamos a manejarnos así en el mundo, comenzamos a vivir en una idea mental de nosotros mismos en lugar de tener una experiencia vivida de quiénes somos y qué sentimos, de qué es lo que nos pasa más allá de lo "correcto" o de lo socialmente aceptable. Se crea el hábito de mirarnos desde afuera y evaluar nuestro estado emocional, mental y físico a partir de la limitada imagen mental que hemos armado de nosotros mismos. Nos convencemos de una idea “presentable” de quiénes somos, y gastamos una gran cantidad de energía cada vez que reprimimos aquello que realmente siente nuestro cuerpo para poner cara de que "está todo bien", ya sea en una situación social, en una conversación con algún amigo o incluso cuando estamos solos. A veces nos auto-engañamos respecto a qué es lo que realmente estamos experimentando en cada instante, a cómo está siendo nuestra experiencia en el momento presente. ¿Y qué somos sino la experiencia real y encarnada de este momento?


Nuestro cuerpo es un medio muy valioso para reconectarnos con nuestra experiencia presente. Muchas de las tradiciones contemplativas sugieren que tanto la respiración como las sensaciones corporales son dos importantes espacios en los cuales podemos descansar nuestra conciencia para entrar en la dimensión presente de nuestra experiencia, saliendo por un momento del arraigado hábito de vivir en el abstracto -y escurridizo- mundo de las apariencias o de las ideas respecto a cómo son las cosas. En la medida en que estamos vivos, nuestro cuerpo está constantemente disponible y está constantemente experimentando un flujo infinitamente cambiante de sensaciones, que lejos de ser arbitrarias o casuales, están profundamente interrelacionadas con las dimensiones inconscientes, mentales, emocionales y espirituales de nuestro ser. Esta disponibilidad constante de la experiencia del cuerpo puede ser una fuente maravillosa de contacto con la realidad. Cuando somos capaces de acceder al campo de las sensaciones en un lugar determinado del cuerpo, no sólo nos estamos haciendo presentes, sino que entramos en una relación honesta con aquello que está pasando. Comenzamos a ver las cosas como son, y no como imaginamos o deseamos que sean. Dejamos por un momento de lado las ideas preconcebidas de quiénes somos y cómo nos sentimos, condicionadas por innumerables preceptos culturales, familiares, emocionales, etc., y entramos en la simpleza de lo que irrefutablemente es, en ese momento, para nosotros. 


A través de la simpleza de este acto invitamos a una voz mucho más familiar, acertada e intuitiva a participar en nuestras decisiones, acciones y relaciones. Nos abrimos a la posibilidad de percibir las cosas a través de nuestra experiencia sentida o vivida del cuerpo, en lugar de ideas preconcebidas de la realidad. Conocernos a nosotros mismos, como nos invitan muchos de los grandes maestros espirituales, es ser capaces de iluminar con nuestra conciencia aquello que sucede, aquello que está sucediendo aquí y ahora. Y si bien las facultades intelectuales de nuestra mente pueden ser tan poderosas que nos sean suficientes para explorar la realidad, una mente desconectada de lo que sucede en el cuerpo puede ser fuente de sufrimiento e ignorancia, por muy elocuente y lógica que parezca. Podemos armar grandes explicaciones intelectuales de la realidad, pero si no hay una experiencia vivida que las respalde, es difícil sentir que hay verdad en ello. En cambio una mente conectada con el devenir de las sensaciones, con la respiración, con la realidad tal como es, es una mente sabia. 

Práctica


Cuando no nos conectamos con lo que pasa en el cuerpo, al segundo siguiente comenzamos a intelectualizar nuestra experiencia, lo cual nos puede traer mucho sufrimiento. Por ejemplo, en un momento podemos reconocer que sentimos ansiedad. Si no nos detenemos a sentir esta ansiedad en el cuerpo, empezamos a pensar, por ejemplo, que las cosas no están funcionando bien, que no estamos donde queremos estar, que las cosas deberían ser distintas, que nunca nadie nos ha dado lo que necesitamos, que nuestra vida es insuficiente y que por lo tanto las cosas no tienen sentido. Esta misma secuencia de pensamientos perpetúa la sensación corporal de ansiedad que lo gatilló en un principio. Pero si en cambio reconocemos que sentimos ansiedad, y en lugar de darle rienda suelta al pensamiento, nos detenemos a sentir cómo se siente la ansiedad en el cuerpo, tal vez reconozcamos sensaciones tales como calor en las piernas, movimiento en el estómago, presión en la cabeza, o lo que sea que sintamos. La sensación no es el pensamiento de que "la vida no tiene sentido". La sensación es una sensación, que por su naturaleza aparece y desaparece, inevitablemente. Como dice el profesor de meditación S.N. Goenka, "no hay picazón que dure una eternidad". Entonces, lo que antes nos podría haber tomado un par de horas o incluso días de actividad y malestar mental, ahora nos toma el tiempo en que la sensación dure. Incluso si la sensación de ansiedad continúa estando con nosotros por un largo tiempo, sabemos que es sólo una sensación, y no una realidad absoluta.   


Durante esta semana la invitación es a estar en el cuerpo, dentro del cuerpo, e intentar sentirlo desde ese espacio y no desde una idea mental de lo que es. Cuando vayas caminando, siente las sensaciones de tu cuerpo al caminar. Cuando estés confundido/a, siente lo que tu cuerpo siente en lugar de involucrarte inmediatamente con la serie de pensamientos que en ese momento te sobrepasan y no te llevan a ningún lugar. Cuando sientas tristeza, siente las sensaciones de tu tristeza en el cuerpo. Cuando sientas un deseo por comer en exceso, agredir a alguien, hablar mal de otra persona, siente cómo son esas sensaciones en el cuerpo. En lugar de reaccionar inmediatamente, focalízate en el cuerpo. ¿Qué está sucediendo en este nivel?


Intenta darle un espacio consciente a este nivel de tu experiencia, en lo que sea que estés haciendo. Si por ejemplo estás en una situación social, incluso si no es apropiado expresar lo que realmente te sucede en el cuerpo, dale un espacio en silencio, observa las sensaciones y deja que naturalmente se vayan. No hay sensaciones correctas ni sensaciones incorrectas. Sea cual sea la sensación que surja en tu cuerpo, observa cómo aparece y cómo naturalmente se va, sin emitir juicio, sin tratar de encontrar una explicación inmediata de por qué sientes lo que sientes. Confía en que no existe ninguna experiencia que dure para siempre. Que toda sensación, por muy desagradable o agradable que sea, desaparecerá en algún momento. Practica la paciencia. Si sientes algo desagradable, tu lucha contra ello no te ayudará a que se vaya más rápido, sino que todo lo contrario. Si sientes algo placentero, tu apego por que se quede y tu miedo porque deje de existir tampoco te ayudará a que eso suceda, y te impedirá disfrutarlo. 


¡Que tengas buena práctica! 





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